viernes, 4 de octubre de 2013

Me compensa

Esta mañana volvía a casa en el tren, relajada, pensando en mis cosas después de una guardia ajetreada, y no he podido evitar autocompadecerme un poquito. 

Porque hace unos años podía dedicar este día a dormir, a vegetar en el sofá viendo series, o incluso a irme de compras. Esto último no lo recomiendo, por cierto, porque con el cansancio y la somnolencia acabas comprando mucho y raro. Y te puede pasar que al día siguiente, con las neuronas ya descansadas, saques las cosas de las bolsas, te horrorices y después te preguntes "¿pero en qué estaba pensando?".

Pero bueno, a lo que iba, que ahora que tengo dos niños en casa y un marido que me mira mal si me tiro en el sofá en lugar de ayudar un poco, pues nada, que se acabó el saliente descansado. 

Y ahí estaba yo, lloriqueando como una tonta porque echaba de menos las comodidades de mi vida pre-hijos, cuando ha llegado la compensación. La primera de mi gorda, que en cuanto he abierto la puerta se me ha lanzado a los brazos (a las tetas, más bien, pero me gusta creer que me quiere por algo más que mi cuerpo... ;P ). Y la compensación definitiva, la que me ha terminado de dar el subidón de felicidad, la sonrisa de Juanito cuando lo he recogido en la guardería. Estaba en el otro extremo de la sala jugando y, cuando me ha visto a mí (siempre lo recoge su padre) se le ha iluminado la cara y ha corrido a recibirme con un abrazo. Y me ha mirado como si yo fuera lo más maravilloso del mundo. 

Que le den a las comodidades sin-hijos. Las cosas buenas de la maternidad, por suerte, compensan con creces.